Se encontraron entre la espesa maleza y los enormes árboles de algún bosque cercano. Uno, un terrateniente de tez blanca, recio, de buena casta, tan hermoso como un rayo de luna, de rubios cabellos como reflejos del sol, de ojos tan azules como la profundidad de los mares; el otro, un esclavo calé de sangre gitana entre sus venas, de ojos grandes y oscuros, de mirada ardiente como las llamas de fuego al rojo vivo, de indomable estirpe, más noble que diez mil romies vírgenes, varón errante en tierras foráneas. Se sentía preso de un sentimiento, creía firmemente que el chaval le correspondía, Pero no era así! Sabía que no había destino en la serpiente que se muerde la cola. El chaval no le camelaba, pero este le amaba tanto que conjuró a Maripé a cambio de su alma. Por una única noche, "Aquella noche de tormenta", juró estar con él más allá del umbral de los infiernos.
La lluvia arreciaba con fuerza, las gotas eran como multitudes de manos que acariciaban sus cuerpos. El chaval había ganado por corto tiempo su corazón con zalamerías que tal vez malinterpretó. Su corazón palpitaba fuerte, muy lentamente se acercó a él, aunque el calé de gestos toscos; en esa noche sus caricias fueron suaves, tiernas, con sus manos recorrió centímetro a centímetro su cuerpo. Le tomó entre sus brazos tan fuerte que por un momento se olvidó del universo y de sí, mezclando aliento, sudor y sangre, dieron rienda suelta al deseo y al placer; y con un cóncavo y convexo invertido, esa única noche, fueron un sólo ser.
Aquella noche de tormenta, los chukeles gimieron la deshonra de su raza, todo estaba escrito en el gran libro, aquella vieja gitana cuando leyó su buenaventura le predijo en el porvenir, mil maldiciones. Aún así el calé se entregó a los designios de sus sentimientos; ya la suerte estaba echada y el esclavo calé había decidido.
Después de una larga jornada de desenfrenadas muestras de amor y vacías promesas, con susurros suaves, la respiración entre cortada y la llegada de la aurora, sólo quedaba la inevitable despedida. Aunque el calé sabía que había sido suyo y el chaval de él, le había de entregar a la chavorina que con quien se desposaría pasada 3 lunas. Con un sentimiento de desconsuelo e impotencia, a duras penas sólo alcanzó a pronunciar:
- Que las estrellas te cuiden.
Cuando el chaval abandonó el lecho, titubeaba un poco, pero pronto se marchó, dejando en su camino un sabor amargo; y el calé sumergido en su soledad, la agonía se adueñó de él, -Maldita sea mi suerte- pensó. Ahora su preocupación era cómo escapar de su destino y conservar aquel chaval que la diosa fortuna le arrebató, - Entonces si amarlo es el gran pecado de mi vida, que un mal rayo caiga y me consuma- Susurro. Su último suspiro, como un eco de voz lejana, fue para aquel chaval terrateniente de tez blanca, llamado Martín que conoció en el año de 1876.
Y tomando puñal en mano el esclavo calé, su suerte volvió a decidir.
Jesús Junior Molina
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